10 Ejemplos de
Monólogo interior

En literatura, se llama monólogo interior a la técnica narrativa a través de la cual se busca plasmar en la escritura el flujo de pensamientos de un personaje, exponiendo tanto sus emociones como sus sentimientos. Generalmente, está escrito en primera persona como una forma de discurso interno en silencio, y la sintaxis, la puntuación y la conexión de ideas suele encontrarse alterada. Por ejemplo: Ulises, de James Joyce.

Existen dos formas predominantes en el monólogo interior:

  • Forma directa. Admite un punto de vista parcial de uno o varios personajes sin intermediarios. Por ejemplo: El sonido y la furia, de William Faulkner.
  • Forma indirecta. Admite la visión fragmentaria con intervención de un narrador impersonal que cuenta lo que sucede en la mente de los personajes. Por ejemplo: La señora Dalloway, de Virginia Woolf.

También llamado «fluir de la conciencia», este tipo de monólogo es un diálogo interior (no pronunciado) entre un yo locutor, único personaje que habla, y un yo receptor, necesario para volver significativo lo que dice el primero. Los sucesos del exterior que se narran, tanto acciones como diálogos, se subsumen dentro del flujo mental que se desenvuelve en un estadío prelingüístico de la conciencia. Además, estos pasan a un segundo plano, ya que los hechos del interior son los que predominan, tales como reacciones espontáneas e impresiones exteriores.

Características del monólogo interior

El monólogo interior nació a fines del siglo XIX, fue utilizado por primera vez por Édourd Dujardin en Han cortado los laureles (1887) y encontró su auge en la primera mitad del siglo XX, con obras tales como el Ulises de Joyce (1922). Está íntimamente ligado al concepto stream of consciousness (corriente de conciencia), definido por primera vez en 1890 por el psicólogo estadounidense William James como el flujo de imágenes e impresiones y de pensamiento verbal que no siempre se presenta de manera articulada.

Algunas de las características del monólogo interior son:

  • Introduce los enunciados de un único hablante.
  • Posee un alto nivel de autorreferencialidad, con la predominancia de deícticos.
  • Utiliza el tiempo presente para narrar, ya que coincide con el de la actividad mental, que oscila entre la realidad y lo posible; y entre lo que es recuerdo y proyecto.
  • Resalta los acontecimientos interiores por sobre los exteriores.
  • Modifica el tiempo cronológico a favor del tiempo psicológico, por lo que el personaje pasa de un tema a otro.
  • Expone de forma parcial la conciencia del hablante, ya que es imposible plasmar todos los pensamientos; más bien, se pone foco en representar ciertas ideas o sensaciones por sobre otras.
  • Suele estar escrito sin puntos y aparte, y con pocos conectores discursivos para exponer el flujo ininterrumpido de recuerdos y de pensamientos.
  • No tiene destinatario más que él mismo, es decir, está destinado a un alter ego del propio hablante.
  • Acerca al lector a la mente del hablante y, por consiguiente, a su punto de vista.

Ejemplos de monólogo interior

  1. Fragmento de monólogo interior de Molly Bloom en Ulises (1922), de James Joyce 

O echa para allá ese corpachón fuera de ahí por el amor de Dios escúchale los vientos que llevan mis suspiros hasta ti bueno bueno que siga durmiendo y suspirando el insigne sabio Don Poldo de la Flora si supiera cómo salió en las cartas esta mañana tendría algo por lo que suspirar un hombre moreno con cierta perplejidad entre 2 7s también en la cárcel porque solo Dios sabe lo que hace que yo no lo sé y voy a tener que andar trasteando abajo en la cocina para tenerle preparado a su señoría el desayuno mientras que él está enroscado como una momia acaso lo voy a hacer tú me has visto alguna vez corriendo ya me gustaría a mí verme de esa manera les haces caso y te tratan como basura no me importa lo que nadie diga sería mucho mejor que el mundo estuviera gobemado por las mujeres que hay en él no se vería a las mujeres matándose unas a otras ni aniquilándose cuándo se ha visto alguna vez a las mujeres dando tumbos borrachas como ellos hacen o jugándose hasta el último céntimo y perderlo en los caballos sí porque una mujer haga lo que haga sabe dónde parar seguro que no estarían en el mundo si no fuera por nosotras no saben lo que es ser mujer y madre cómo podrían dónde estarían todos ellos si no hubieran tenido una madre que los cuidara cosa que yo nunca tuve por eso es por lo que supongo que anda como loco ahora saliendo por las noches abandonando sus libros y sus estudios y no viviendo en casa porque es la típica casa de tócame roque bueno supongo que es una pena lamentable que los que tienen un buen hijo como ése no estén satisfechos y yo ninguno no fue él capaz de hacerme uno no fue por culpa mía nos arrimamos cuando yo estaba mirando aquellos dos perros encima y por atrás en plena calle ya ves aquello me descorazonó completamente supongo que no debí enterrarlo con aquella chaquetita de lana que yo le hice de punto llorando como estaba sino habérsela dado a algún niño pobre pero sabía bien que nunca tendría otro era nuestra la muerte además ya no fuimos los mismos desde entonces O no me voy a poner triste ahora por eso…

  1. Fragmento de monólogo interior de Benjy Compson en El ruido y la furia (1929), de William Falkner 

Volvimos. «Para qué tienes la cabeza.» dijo Madre. Ahora estese quieto dijo Versh. Me puso los chanclos. «Un día faltaré yo y tú tendrás que pensar por él.» Empuje dijo Versh. «Ven a dar un beso a tu madre, Benjamin.»
Caddy me llevó al sillón de Madre y Madre cogió mi cara entre sus manos y luego me apretó contra ella.
«Mi pobrecito niño.» dijo. Me soltó. «Cuidad bien de él Versh y tú, cariño.»
«Sí, señora.» dijo Caddy. Salimos. Caddy dijo,
«No hace falta que vengas, Versh. Yo me ocuparé de él un rato.»
«Bueno.» dijo Versh. «Para qué voy a salir sin motivo con este frío.» Él siguió andando y nosotros nos detuvimos en el vestíbulo y Caddy se arrodilló y me rodeó con los brazos y su cara fría y brillante contra la mía. Olía como los árboles.
«No eres ningún pobrecito. A que no. Tienes a Caddy. A que tienes a tu Caddy.»
Es que no puede dejar de jimplar y de babear, dijo Luster. No le da vergüenza, armar este follón. Pasamos al lado de la cochera, donde estaba el birlocho. Tenía una rueda nueva.
«Ahora entre y estese quieto hasta que venga su mamá.» dijo Dilsey. Me empujó para subirme al birlocho. T.P. sujetaba las riendas. «No sé por qué Jason no compra otro coche.» dijo Dilsey. «Porque éste se va a hacer añicos el día menos pensado. Mire qué ruedas.»
Madre salió, bajándose el velo. Llevaba unas flores.

  1. Fragmento de monólogo interior de Addie Bundren en Mientras agonizo (1930), de William Falkner 

Me acuerdo que mi padre siempre decía que la razón de vivir era prepararse a estar mucho tiempo muerto. Y como yo tenía que mirarlos un día tras otro, cada cual con su secreto y su pensamiento egoísta, y con la sangre extraña a la sangre del otro y a la mía, y pensaba que al parecer para mí ese era el único modo de prepararme para estar muerta, odiaba a mi padre por haber tenido la idea de engendrarme. No veía la hora de que cometieran una falta para poder azotarlos. Cuando caía el látigo lo sentía en mi carne; cuando abría y laceraba la que corría era mi sangre, y con cada latigazo pensaba: ¡Ahora os enteráis de que existo! Ya soy algo en vuestra vida secreta y egoísta, ahora que os he marcado la sangre con mi sangre para siempre…

  1. Fragmento de monólogo interior de Luis en Las olas (1930), de Virginia Woolf 

Todos se han marchado ya dijo Luis. He quedado solo. Han regresado a la casa para tomar el desayuno y yo he quedado solo al pie del muro, en medio de las flores. Es muy temprano y las lecciones no comenzarán todavía. En medio de las profundidades verdes aparecen manchas de flores. Sus pétalos se asemejan a arlequines. Los tallos emergen de entre huecos negros, de la tierra. Las flores nadan como peces de luz sobre las sombrías aguas verdes. Tengo un tallo en mi mano. Yo mismo soy un tallo y mis raíces llegan hasta las profundidades del mundo, a través de la tierra seca de ladrillo y a través de la tierra húmeda, a través de venas de plomo y plata. Mi cuerpo no es sino una sola fibra. Todas las sacudidas repercuten en mí y siento el peso de la tierra contra mis costados. Bajo mi frente, mis ojos son hojas verdes, ciegas. Aquí no soy sino un niño vestido con un traje de franela gris y tengo un cinturón de cuero con una hebilla de cobre que representa una serpiente. Pero allá abajo, mis ojos son los ojos sin párpados de una figura de granito en un desierto junto al Nilo. Veo a mujeres que se dirigen con cántaros rojos hacia el río; veo camellos, que se balancean y hombres con turbantes. A mi alrededor, percibo ruido de pasos, temblores, agitaciones…

  1. Fragmento de monólogo interior de Clarissa en La señora Dalloway (1925), de Virginia Woolf 

Después de haber vivido en Westminster¿cuántos años llevaba ahora allí?, más de veinte, una siente, incluso en medio del tránsito, o al despertar en la noche, y de ello estaba Clarissa muy cierta, un especial silencio o una solemnidad, una indescriptible pausa, una suspensión (aunque esto quizá fuera debido a su corazón, afectado, según decían; por la gripe), antes de las campanadas del Big Ben. ¡Ahora! Ahora sonaba solemne. Primero un aviso, musical; luego la hora, irrevocable. Los círculos de plomo se disolvieron en el aire. Mientras cruzaba Victoria Street, pensó qué tontos somos. Sí, porque sólo Dios sabe por qué la amamos tanto, por que la vemos así, creándose, construyéndose alrededor de una, revolviéndose, renaciendo de nuevo en cada instante; pero las más horrendas arpías, las más miserables mujeres sentadas ante los portales (bebiendo su caída) hacen lo mismo; y tenía la absoluta certeza de que las leyes dictadas por el Parlamento de nada servían ante aquellas mujeres, debido a la misma razón: amaban la vida. En los ojos de la gente, en el ir y venir y el ajetreo; en el griterío y el zumbido; los carruajes, los automóviles, los autobuses, los camiones, los hombres-anuncio que arrastran los pies y se balancean; las bandas de viento; los organillos; en el triunfo, en el campanilleo y en el alto y extraño canto de un avión en lo alto, estaba lo que ella amaba: la vida, Londres, este instante de junio.

  1. Fragmento de monólogo interior de Pedro en Tiempo de silencio (1962), de  Luis Martín-Santos

Si no encuentro taxi no llego. ¿Quién sería el Príncipe Pío? Príncipe, príncipe, principio del fin, principio del mal. Ya estoy en el principio, ya acabó, he acabado y me voy. Voy a principiar otra cosa. No puedo acabar lo que había principiado. ¡Taxi! ¿Qué más da? El que me vea así. Bueno, a mí qué. Matías, qué Matías ni qué. Cómo voy a encontrar taxi. No hay verdaderos amigos. Adiós amigos. ¡Taxi! Por fin. A Príncipe Pío. Por ahí empecé también. Llegué por Príncipe Pío, me voy por Príncipe Pío. Llegué solo, me voy solo. Llegué sin dinero, me voy sin… ¡Qué bonito día, qué cielo más hermoso! No hace frío todavía. ¡Esa mujer! Parece como si hubiera sido, por un momento, estoy obsesionado. Claro está que ella está igual que la otra también. Por qué será, cómo será que yo ahora no sepa distinguir entre la una y la otra muertas, puestas una encima de otra en el mismo agujeró: también a ésta autopsia. ¿Qué querrán saber? Tanta autopsia; para qué, si no ven nada. No saben para qué las abren: un mito, una superstición, una recolección de cadáveres, creen que tiene una virtud dentro, animistas, están buscando un secreto y en cambio no dejan que busquemos los que podíamos encontrar algo, pero qué va, para qué, ya me dijo que yo no estaba dotado y a lo mejor no, tiene razón, no estoy dotado. La impresión que me hizo. Siempre pensando en las mujeres. Por las mujeres. Si yo me hubiera dedicado sólo a las ratas. ¿Pero qué iba a hacer yo? ¿Qué tenía que hacer yo? Si la cosa está dispuesta así. No hay nada que modificar. 

  1. Fragmento de monólogo interior de Daniel Princ en Han cortado los laureles (1887), de Édouard Dujardin 

…yo siento que me estoy durmiendo; se me cierran los ojos… aquí está su cuerpo, su pecho que sube y sube; y el tan suave perfume mezclado… la hermosa noche de abril… dentro de un rato pasearemos… el aire fresco… nos iremos… dentro de un rato… las dos velas… ahí… por los bulevares… ‘te amo más que a mis corderos’… te amo más… esa chica, ojos descarados, frágil, labios rojos… la habitación… la chimenea alta… la sala… mi padre… los tres sentados, mi padre, mi madre… yo… ¿por qué mi madre está pálida? Me mira… vamos a cenar, sí, en el bosquecillo… la criada… traiga la mesa… Lea… pone la mesa… mi padre… el portero… una carta… ¿una carta de ella?… gracias… una ondulación, un rumor, un amanecer… y ella, por siempre la única, la primera amada, Antonia… todo brilla… ¿se está riendo?… los faroles de gas se alinean hasta el infinito… ¡oh!… la noche… fría y helada, la noche… ¡Ah, menudo susto! ¿qué pasa?… me empujan, me sacuden, me matan… Nada… no pasa nada… la habitación… Lea… ¿córcholis?… ¿me he dormido?…
—Le felicito, querido —es Lea—. Bueno, ¿qué tal ha dormido? —es Lea, de pie, y que ríe—. ¿Se siente mejor?…

  1. Fragmento de monólogo interior de Colin Smith en La soledad del corredor de fondo (1959), de Alan Sillitoe

Así que aquí estoy, plantado en la entrada en camiseta y pantalón corto,sin una miga reseca de pan siquiera calentándome la barriga, mirando absorto las flores cubiertas de escarcha que crecen fuera. Supongo que pensaréis que esa imagen bastaría para hacerme llorar. Pues de eso nada. Solo porque me sienta como el primer fulano que pisó la tierra no me voy a poner a berrear. Me hace sentir mil veces mejor que cuando estoy enjaulado en ese dormitorio con otros trescientos infelices como yo. No, cuando no lo llevo tan bien es solo algunas veces en las que estoy ahí fuera considerándome el último hombre sobre la tierra. Me tengo por el último hombre sobre la tierra porque pienso que esos otros trescientos gandules que dejo ahí atrás están ya fiambres. Duermen tan a pierna suelta que me creo que todas esas cabezas andrajosas la han palmado durante la noche y que solamente quedo yo, y cuando miro los arbustos y estanques helados tengo la sensación de que va a hacer más y más frío hasta que todo lo que veo, incluidos mis propios brazos enrojecidos, se cubra de mil kilómetros de hielo; todo a mi alrededor, toda la tierra, hasta el cielo, incluido cualquier pedacito de tierra firme y de mar. Así que intento apartar de mí esa sensación y actuar como si fuese el primer hombre sobre la tierra. Y eso me hace sentir bien, así que en cuanto entro en calor lo bastante como para que esta sensación me invada, cruzo de un brinco el umbral de la puerta y allá que me lanzo a trotar.

  1. Fragmento de monólogo interior de “Macario” en El llano en llamas (1953), de Juan Rulfo 

Estoy sentado junto a la alcantarilla aguardando a que salgan las ranas. Anoche, mientras estábamos cenando, comenzaron a armar el gran alboroto y no pararon de cantar hasta que amaneció. Mi madrina también dice eso: que la gritería de las ranas le espantó el sueño. Y ahora ella bien quisiera dormir. Por eso me mandó a que me sentara aquí, junto a la alcantarilla, y me pusiera con una tabla en la mano para que cuanta rana saliera a pegar de brincos afuera, la apalcuachara a tablazos… Las ranas son verdes de todo a todo, menos en la panza. Los sapos son negros. También los ojos de mi madrina son negros. Las ranas son buenas para hacer de comer con ellas. Los sapos no se comen; pero yo me los he comido también, aunque no se coman, y saben igual que las ranas. Felipa es la que dice que es malo comer sapos. Felipa tiene los ojos verdes como los ojos de los gatos. Ella e s la que me da de comer en la cocina cada vez que me toca comer. Ella no quiere que yo perjudique a las ranas. Pero a todo esto, es mi madrina la que me manda a hacer las cosas… Yo quiero más a Felipa que a mi madrina. Pero es mi madrina la que saca el dinero de su bolsa para que Felipa compre todo lo de la comedera. Felipa sólo se está en la cocina arreglando la comida de los tres. No hace otra cosa desde que yo la conozco. Lo de lavar los trastes a mí me toca. Lo de acarrear leña para prender el fogón también a mí me toca. Luego es mi madrina la que nos reparte la comida.

  1. Fragmento de monólogo interior de “Es que somos muy pobres” de El llano en llamas (1953), de Juan Rulfo

Aquí todo va de mal en peor. La semana pasada se murió mi tía Jacinta, y el sábado, cuando ya la habíamos enterrado y comenzaba a bajársenos la tristeza, comenzó a llover como nunca. A mi papá eso le dio coraje, porque toda la cosecha de cebada estaba asoleándose en el solar. Y el aguacero llegó de repente, en grandes olas de agua, sin darnos tiempo ni siquiera a esconder aunque fuera un manojo; lo único que pudimos hacer, todos los de mi casa, fue estarnos arrimados debajo del tejabán, viendo cómo el agua fría que caía del cielo quemaba aquella cebada amarilla tan recién cortada.
Y apenas ayer, cuando mi hermana Tacha acababa de cumplir doce años, supimos que la vaca que mi papá le regaló para el día de su santo se la había llevado el río El río comenzó a crecer hace tres noches, a eso de la madrugada. Yo estaba muy dormido y, sin embargo, el estruendo que traía el río al arrastrarse me hizo despertar en seguida y pegar el brinco de la cama con mi cobija en la mano, como si hubiera creído que se estaba derrumbando el techo de mi casa. Pero después me volví a dormir, porque reconocí el sonido del río y porque ese sonido se fue haciendo igual hasta traerme otra vez el sueño.

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Referencias

¿Cómo citar?

"Monólogo interior". Autor: Vanesa Rabotnikof. De: Argentina. Para: Concepto.de. Disponible en: https://www.ejemplos.co/monologo-interior/. Última edición: 30 de septiembre de 2022. Consultado: 30 de septiembre de 2022

Sobre el autor

Autor: Vanesa Rabotnikof

Licenciatura en Letras (Universidad de Buenos Aires). Especialización en Edición (Universidad Nacional de La Plata).

Última edición: 30 septiembre, 2022

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